Thursday, December 14, 2017

Historia de Nuestra Comunidad

Monasterio Carmelita de San José

 

El Carmelo femenino en Puerto Rico

La fe Católica es elemento esencial en la configuración y desarrollo de nuestro pueblo; una confirmación de ello es precisamente la historia de la fundación del primer Convento femenino en Puerto Rico, el Monasterio Carmelita de San José, fundación netamente puertorriqueña. Ya desde principios del siglo XVII, apenas un siglo después de la fundación de la Ciudad de San Juan Bautista de Puerto Rico, los pobladores expresaron mediante repetidas instancias al Rey, su deseo de que se fundase un Convento para las hijas del país.  Se informaba que por no haber en la Ciudad un Convento, las que deseaban ser monjas se veían obligadas a ir a lejanas tierras, con gran desconsuelo suyo y de sus familiares. Sin embargo, existieron grandes dificultades que superar antes que el Rey estuviese en disposición de otorgar la licencia necesaria en aquellos tiempos para que se pudiese establecer un Convento.  Se aducía el inconveniente de los peligros de aquellos tiempos, por ser Puerto Rico un lugar considerado principalmente por su importancia estratégica en la defensa de los territorios de España en América,  lo que afectaba la estabilidad económica y la seguridad contra invasiones al país. Los mares infestados de piratas en busca de las riquezas de los galeones españoles eran una amenaza real. También se deliberaba sobre los dispendios necesarios para la construcción del Convento y el sustento de las religiosas.  Estando así las cosas,  se demoró la fundación de un convento por casi medio siglo.

Fue Doña Ana de Lansós Menéndez de Valdés, quien con gran magnanimidad y espíritu de fe determinó hacer realidad el deseo de la Ciudad, presentando un proyecto factible mediante su Escritura de dotación y fundación, presentada el 25 de junio de 1645.  Doña Ana era natural de San Juan, de familia noble y acaudalada, viuda y sin hijos.  Era  nieta de Don  Diego Menéndez de Valdés, quien había sido Capitán General y Gobernador de Puerto Rico a fines del siglo anterior, y Viuda del Capitán Pedro de Villate y Escobedo, de quien había heredado una inmensa finca azucarera, el Ingenio San Luis de Canóvanas. Mediante las cláusulas de la Escritura, Doña Ana ofreció dotar convenientemente el Convento con la cantidad de cincuenta mil pesos españoles, computados en el valor de sus casas, situadas frente a la Catedral, que habría de habilitar para convento, y el ingreso procedente del producto de azúcar del Ingenio de Canóvanas.  Estipulaba además, que el Convento habría de ser de Monjas Carmelitas Calzadas, que habrían de tomar el hábito y guardar la Regla de la Orden del Carmen, viviendo bajo la advocación de San José como titular del Monasterio.  Asimismo establecía que la dote que se acostumbraba sería moderada en atención a la pobreza general del país.  De este modo, alcanzó no sólo el beneplácito de las autoridades eclesiásticas y civiles, sino la tan deseada e indispensable Licencia Real, que fue otorgada por el Rey Felipe IV el 1º de julio del año siguiente, 1646,  según las disposiciones del Patronato Real (Este era un acuerdo entre los Reyes españoles y la Santa Sede mediante el cual España quedaba comprometida a sufragar los costos de la evangelización, a cambió de varios privilegios que se han explicado históricamente como una especie de vicariato administrativo de parte del rey a nombre de la iglesia).  

Por ser de altísimo riesgo la navegación debido al peligro de piratas en los mares, Doña Ana no pudo conseguir que Monjas Carmelitas de Sevilla viniesen, como se esperaba,  a iniciar en la vida religiosa a las primeras que entrasen en el Convento, pero superó esta dificultad en 1648, obteniendo Cédula Real para que se trasladasen para este fin tres religiosas Dominicas del Convento Regina Angelorum de la vecina isla de Santo Domingo.  Según la tradición una de las religiosas falleció en la travesía, pero las otras dos, Sor Pasaron pues unos seis años desde que Doña Ana otorgó su escritura de fundación hasta que pudo realizar su proyecto. Finalmente, después de tener todo dispuesto, el día 1 de julio de 1651, el Monasterio quedó erigido canónicamente y fue establecida su clausura según los decretos del Concilio de Trento, con gran solemnidad, según consta en el acta de fundación, así como con gran satisfacción de parte de los vecinos de San Juan.  En ese mismo día entraron Doña Ana y su hermana Doña Antonia como las primeras novicias.  Pasados algunos años, al regresar las Monjas Dominicas a su convento, Doña Ana quedó como Priora.  Lamentablemente, no sabemos casi nada de esta santa mujer que hizo tan gran obra en la historia de la Iglesia y de la vida religiosa en Puerto Rico. 

Las vicisitudes de los primeros años, y de casi todo el primer siglo de la historia del Convento, están marcadas por una constante estrechez económica debido principalmente a las circunstancias difíciles por las cuales atravesaba el país.  Son pocos los datos que tenemos de aquellos primeros tiempos,  ya que la comunidad sufrió una gran pérdida de sus archivos durante un fuego que hubo en el Convento en el año 1759.  Sin embargo, la Comunidad perseveró ininterrumpidamente a través de tres siglos y medio.  Se descubre en este hecho el designio Providencial de una presencia de vida contemplativa en Puerto Rico durante más de la mitad de la historia de la Isla.

Durante los dos siglos y medio en que la Comunidad vivió en el antiguo Convento de San Juan, participó de muchas de las penas y alegrías, peligros y trabajos de los demás habitantes, teniendo incluso que salir de su amada clausura en tres ocasiones extraordinarias: durante el sitio de los ingleses en 1797, por causa de un gran ciclón ocurrido en 1819, y durante el bombardeo de San Juan por los norteamericanos el 12 de mayo de 1898.  A pesar de la continua estrechez económica, el Convento siempre estuvo habitado por hijas del país así como de otros lugares, que ofrecían sus vidas por la salvación de los demás. 

En 1903, debido al estado de postración económica que atravesaba el país, así como la reorganización de la diócesis llevada a cabo por el recién llegado obispo norteamericano, Monseñor Blenk, y ya que no se contaba con medios para llevar a cabo las reparaciones necesarias, el obispado juzgó conveniente trasladar a la Comunidad a un edificio perteneciente a la diócesis en el pueblo de San Germán.  Este lugar resultó muy estrecho e inadecuado para la vida en clausura, a pesar de las reparaciones que la misma Comunidad tuvo que costear. Su estancia allí duró unos seis años, luego de lo cual, a causa de las dificultades en realizar desde lejos los asuntos administrativos, el Obispo decidió que las Monjas regresaran, aunque no a su antiguo Convento de San Juan. 

En el año 1910, fueron ubicadas en la antigua Parroquia de San Mateo, en Santurce, donde se les construyó un Convento, más pequeño, adosado a la iglesia, a cambio del de San Juan. Fueron tiempos muy difíciles para la Comunidad, ya que apenas contaban con lo necesario para su sustento.  Particularmente durante la época de la depresión mundial así como de las primera y segunda guerras mundiales, lo único que sostenía a las monjas era su gran temple, su espíritu de fe y su deseo de oblación.  Pero el Señor que todo lo ve, no las dejó desamparadas, ya que a través de todo este tiempo, pudieron seguir adelante, mantener una ejemplar observancia, ofrecer en su iglesia actos litúrgicos, realizados con pulcritud y esmero, que fueron apreciados por todos los que se beneficiaban de ellos, y aceptar nuevas generaciones de mujeres generosas que deseaban ofrecer sus vidas en el huerto cerrado, jardín escogido de la Virgen.  En San Mateo las religiosas moraron por espacio de unos sesenta años. Durante esta época se dan dos acontecimientos importantes para el crecimiento de la Orden del Carmen en Puerto Rico que guardan relación con el Monasterio. Fueron: primeramente, la llegada de los Padres Carmelitas en 1920, hecho que las Monjas ansiaban y pedían al Señor y a los superiores de la Orden, y  que actualmente sirven en varios pueblos de la Isla;  y en segundo lugar,  la restauración de la Tercera Orden Seglar, que tanto en tiempos antiguos como en este siglo siempre tuvo estrechos vínculos con las Monjas. 

 

Actualidad

Al ser intensamente urbanizado el vecindario colindante con el Monasterio e Iglesia de San Mateo, se fue perdiendo la privacidad necesaria para la vida contemplativa.  Ya que la Comunidad deseaba un lugar más adecuado y un Convento que mejor reuniese las condiciones necesarias a su vida de clausura, y después de muchos años de búsqueda de solares, se logró la adquisición de un terreno en Trujillo Alto y la construcción del actual Convento, terminado en el año 1971.  Coincidió este período con la época de intensa renovación de la vida religiosa bajo las directrices del Concilio Vaticano II, en la cual las monjas Carmelitas participaron, haciendo un análisis y experiencia profunda de su carisma en cuanto expresado en sus Constituciones, y guardando el necesario equilibrio así como la adhesión total al Magisterio y la comunión con su diócesis. Actualmente, la Comunidad cuenta con 20 religiosas. La gran mayoría son puertorriqueñas excepto una dominicana y una cubana.

 

Fundaciones

El Monasterio Carmelita de San José ha tenido participación intensa en la fundación de dos nuevos Carmelos: el de La Vega, República Dominicana en el año 1976  y el de Mayagüez, cuya erección canónica se dio en enero del 1985.  El de la Vega ya ha contribuido a su vez, religiosas para otras fundaciones. El de Mayagüez, que lleva como titular a Santa María del Monte Carmelo, se originó a partir de la solicitud de S.E.R.  Monseñor Ulises Casiano Vargas, quien deseaba la presencia de un Carmelo en su diócesis.  En su corta existencia ha recibido a muchas jóvenes interesadas en experimentar la vida Carmelita contemplativa.  Terminó construcción de su Convento hace un par de años.  Su capilla es un primor, con su bella imagen de la Madre y Hermosura del Carmelo, Está unido por estrechos lazos al Monasterio de San José, formando con el mismo un sólo corazón orante que abarca de mar a mar a todo Puerto Rico.

 

El sentido de este acontecimiento de gracia

Es nuestra historia como todo en la historia de la salvación, una de luces y sombras, pequeñez y gracia, debilidad y amorosa Providencia. Así podremos percibirnos como institución comunitaria inserta en nuestro pueblo, en su desarrollo, y en el de la Iglesia de Puerto Rico, y como don para ella, en un proceso ininterrumpido de formación, depuración, floración..., al que debemos añadir ahora el reflexivo conocimiento del sentido de nuestra propia historia, en el desempeño de una responsabilidad ante generaciones venideras y así,  dar razón de nuestra esperanza, ante este este dilatado día de gracia que se nos ha concedido.  A mayor conciencia de estar insertas en el tiempo y de ser responsables en él, mayor conciencia de que es tiempo salvífico, y que entraña la fisonomía particular de nuestra misteriosa fecundidad espiritual como contemplativas, cuya mirada amorosa sobre el mundo ha de ser trasunto de la mirada de Dios.

Se trata en fin de la participación del carisma no solo de una Orden, sino de una comunidad particular de religiosas que ya recorre la mitad de su cuarto siglo de existencia.  Es un don del Espíritu dado en la soledad de lejanas tierras, de mundos ignotos, de una ciudad murada apenas estrenada y de unos pobladores que se recogen al amparo de la misma, y de una identidad de pueblo que se va formando lentamente bajo el signo del Cordero.  Somos herederas, participamos, en el más hondo sentido que cabe, de todo un mundo de silencio y palabra, de esplendor y pobreza, de indefensión y audacia, del insignificante cotidiano vivir traspasado de sublimidad... también, cómo no, de santidad y pecado, de expiación por los pecados propios y ajenos, de súplica y alabanza, pero sobre todo de ese ardiente amor callado que es fuente de la maternidad espiritual.

La fundación de las “Reverendas Madres Monjas Carmelitas Calzadas del Glorioso Patriarca Señor Sant Josef”, como por siglos se le llamó a la primera comunidad religiosa femenina, y la única, que existió en nuestro país hasta la  segunda mitad del siglo XIX, en “la Muy Noble y Leal Ciudad de San Juan Bautista de Puerto Rico de las Indias del Mar Océano”, se perfila como prodigioso arquetipo del alma de un pueblo, de su más profundo y verdadero ser, y como elemento configurativo de su realidad.  Madres de su pueblo a la vez que hijas de su tiempo fueron las madres del silencio, testigos de un designio de gracia, depositarias de arcanas profundidades vividas en la sencillez y anonimato de un, para muchos, ya incomprensible e inútil encerramiento.  El espacio de vida contemplativa que abrió Ana de Lansós queda impreso como señal indeleble en la historia de nuestro pueblo, como memorial evangélico de que de nada le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su propia alma.  Se necesitaba para ello un molde de talante místico, de oración y profetismo, de soledad y de fuego, para que floreciera esa vida escondida con Cristo en Dios para bien de un nuevo pueblo.  Congruente pues que fuese escogida la Orden del Carmen; se encontraba así la consonancia perfecta.

No es de extrañar entonces, que así como el Castillo de San Felipe del Morro, memento pletórico de instancias en la que el gesto de defensa revela una nacionalidad que se fragua, en una analogía que, sin embargo, no agota nuestra total identidad y misión, podríamos decir que nuestra fundación se constituye en morada-baluarte del espíritu; nuestro «Castillo de Cristal» que diría Teresa, la de ÁVILA (esa otra ciudad murada), en una construcción más sólida que las imponentes fortificaciones de la plaza fuerte de Puerto Rico.  Las resonancias simbólicas son múltiples si queremos ahondar en el significado profundo de la presencia de este Carmelo puertorriqueño como institución que ha acompañado a su pueblo ininterrumpidamente durante más de la mitad de su existencia. Como el Patrón de la Ciudad, San Juan Bautista, nuevo Elías, profeta del desierto que señala al Cordero de Dios, o como el Patrón titular del Monasterio, San José, testigo y depositario del misterio escondido desde el principio de los siglos, de la salvación de Dios, somos signo viviente de que el Señor está con nosotros.  NO se trata pues, de revertir a modalidades caducas o al lenguaje de una espiritualidad de siglos pasados, arguyendo a favor de un apartarse de la sociedad de los hombres en un sistema de valores distintos, en el cual las realidades presentes no tienen importancia, sino—afirmando valores perennes—el ser más y más lugar de intensificación de aquello que lleva al ser humano a la plenitud: su capacidad contemplativa, por la cual puede llegar a la transformación del mundo y a la unión con Dios.

Consideremos también, que al forjarse un pueblo y ante la amenaza de volver al caos, de disolución, cuántas manifestaciones en el transcurrir de los siglos no se explican en el fondo sino como esfuerzo de orden, «kosmos» que decían los griegos, en que el acontecer en el tiempo como imagen de eternidad es la vida que se organiza en el conjunto de sus múltiples dinamismos para subsistir, perdurar, llegar a ser, hasta el florecimiento mayor de la vida humana y de la civilización, que es la vida del espíritu.  Si bien en Cristo este orden está ya dado, (Cf. . SS Juan Pablo II,  Carta Apostólica «Tertio Millenio Adveniente» al episcopado, al clero y a los fieles como preparación del jubileo del año 2000, Ciudad del Vaticano, l994, n. 3.) al creyente se le ha revelado que «todo fue creado por El y para El» (Colosenses 1,16), en el plano del acontecer en la historia el hombre va intuyendo, asimilando, y apropiándose ese orden mediante su esfuerzo humano, sobre todo cuando dirige su actividad, fundada en la justicia y el amor, hacia el bien de toda la humanidad («Gaudium et Spes», Cap. II, III).  En la gesta colonizadora y evangelizadora de nuestro pueblo, este esfuerzo fue heroico.  Hubo heroísmo en el arrojo de los conquistadores y primeros pobladores, en el celo pastoral de los obispos, en la tenacidad de los ciudadanos por seguir adelante y que la Isla no se despoblara..., y también lo hubo en la entrega y perseverancia de las “arrinconadas”: aquellas de las cuales se pensaba que con lo que se necesitaba para una dote de casada se podría “comprar” cuatro velos... Hubo heroísmo porque en ellas se realizaba la gran paradoja cristiana: la del grano de trigo, la Pascua, para que la ciudad del hombre (kosmos) pueda llegar a ser la Ciudad de Dios (Cuerpo de Cristo, civilización del amor).  Porque “lo necio del mundo lo ha escogido Dios”; porque “la piedra que desecharon los arquitectos ha sido la piedra angular”; por ello podemos decir sin lugar a dudas: “¡Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente!”  Y es que la última palabra es y tiene que ser palabra de fe porque sólo la mirada de la fe puede abarcar lo que encuentra su sentido esencial en la experiencia de Dios, que se irradia hasta que todas las cosas se encuentren en Cristo... razón, y condición, de nuestra perdurabilidad.

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